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Ecos en la Nevera

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Este año, tras las campanadas de fin de año… ¿De fin de año o de principio de año? Nunca he tenido muy claro cuándo empieza el año, con la primera campanada o al finalizar la última. En fin, es igual, sabéis a qué momento me refiero. Tras comer todas las uvas, mi conciencia se puso en funcionamiento y me marcó el primer objetivo: este año tengo que adelgazar. Sí, quince años seguidos mi conciencia elige el mismo día para arrojarme la misma idea. Es poco original, pero es mi conciencia, qué le vamos a hacer.

Este año sería diferente, estaba mentalizado, empezaría desde el día uno, centrado en mi objetivo.

El día uno no pude empezar. El chocolate con churros es una tradición que no se debe romper, podría tener un efecto catastrófico para la humanidad (no hay nada que diga que sea así, pero tampoco nada que lo desmienta). Tampoco pude renunciar a la comida de año nuevo, es pecado (estoy seguro que lo pone en algún sitio). Empezaría el día dos, tampoco pasaba nada, un día más o menos. Además el día uno bastante nervioso estoy porque no puedo ir a comprar el periódico, como para meterme más presión.

El día dos por fin pude ir al quiosco y ampliar mi colección de "números uno de fascículos y colecciones de enero". Iba a empezar la dieta, pero mi conciencia me lanzó un mensaje contradictorio: con el hambre que hay en el mundo no puedes tirar las sobras de la comida de año nuevo. Tenía razón y cuando la conciencia tiene razón, pues tiene razón.

El día cinco acabé al fin con todas las sobras. El día seis amanecí con un roscón de reyes. Mi conciencia se negaba (siempre fue algo republicana) pero al final la convencí que no se les podía hacer el feo.

La semana siguiente la recuerdo en una nebulosa. Oía a mi conciencia gritar pero no entendía lo que decía, el sonido de mis mandíbulas masticando impedía que pudiera escucharla con nitidez.

Cuando acabó la semana por fin la escuché de nuevo, afónica, pero la escuché. Me convenció. Empezaba la dieta. Lo primero es aceptar nuestras debilidades. Sí, soy débil, no me puedo resistir a la comida, así que la única manera de cumplir mi propósito era alejar de mí la tentación. Dejé de comprar alimentos. Subsistiría con lo que tenía en casa. Tiré todos los números de teléfonos de envío a domicilio de comida, desconecté el acceso a internet e intenté alejar la idea de comer, a lo que no contribuía mucho el no tener internet para entretenerme.

En las primeras veinticuatro horas acabé con todo lo de la nevera. En condiciones normales habría tardado una semana en consumirlo, pero la ansiedad me hizo comer deprisa. Incluso algunas cosas las engullí antes de descongelar. Las dietas dan mucha ansiedad.

A las cuarenta y ocho horas ya había acabado con cualquier cosa comestible de la casa. Empecé con los alimentos caducados y terminé por las plantas. Por cierto, no saben muy bien, no las recomiendo.

A las cincuenta horas, después de dos horas sin probar alimento, empecé a angustiarme y a notar los primeros síntomas de demencia. Un extraño eco venía de algún lugar de la casa. Me sentía solo, deprimido pero no podía cejar en mi firme propósito de, al fin, perder peso.

A las cincuenta horas y dos minutos, el eco se me hizo insoportable. Decidí descubrir su procedencia. Al menos así dejaría de pensar en comer. Recorrí la casa despacio, encaminando mis pasos en función del mayor o menor volumen de ese ruido. Al final acabé frente a la nevera. Sí, era allí. Ese ruido insoportable venía de su interior. Pero, ¿qué era?, ¿qué significaba? Pensé que quizá hubiera muerto de inanición y aquella era la puerta de entrada al paraíso o al infierno, no lo tenía muy claro. Fuera lo que fuera, tenía que abrir la puerta. Puse la mano en el tirador y la entreabrí con miedo. Sin duda era allí, el ruido ahora era más perceptible. Cerré los ojos. Continué lentamente. La puerta estaba ya totalmente abierta, pero no me atrevía a separar los párpados.

El eco, ese maldito eco, era cada vez más perceptible, y me di cuenta que ya podía entender lo que decía:

- ¡Imbécil!, ¡eh, tú, imbécil! ¿Pero quieres abrir los ojos de una maldita vez?

Los abrí. Cuando tu nevera te insulta tienes pocas opciones.

Nada, el vacío. No quedaban ni sobrecitos de ketchup.

- ¡Eh, memo!, ¿qué miras con esa cara? ¿No reconoces mi voz o qué?

Me era familiar pero no caí.

- ¡Soy tu conciencia, estúpido!

¡Mi conciencia! ¡Es verdad, no la había reconocido!

- ¡Conciencia!, estás orgullosa de mi, ¿verdad?

- ¿Orgullosa? Tú eres más tonto de lo que pensaba.  Pero vamos a ver, ¿quién te manda hacerme caso? Pensaba que teníamos un acuerdo, yo te proponía cosas y tú pasabas de mí. Si vamos a cambiar las normas, lo mínimo qué puedes hacer es avisar, ¿no? ¿Qué pasa, qué ahora vas a escucharme? ¿Es que ya no me quieres?

Tenía razón. Y cuando la conciencia tiene razón, tiene razón.

Le pedí perdón, y al principio no quiso absolverme, ella es muy suya y estaba muy dolida, pero al fin lo hizo. Propuse irnos a comer fuera, pero la liberación de mi propósito me hizo perder el apetito. Así que le pregunté que le apetecía hacer y ella me dijo:

- Estaría bien aprovechar para estudiar un poco de inglés.

Sí claro, pero espera que antes voy a apuntarme al gimnasio.

¡Esta conciencia mía tiene cada cosa!

jorge morenoJorge Moreno

 

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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