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Carlos II, la reina y su caballo

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Contando como reyes de España a partir de Isabel y Fernando, la historia dice que ha habido buenos (uno o dos), regulares, malos y peores. Sin duda, el rey más patético ha sido Carlos II, llamado el Hechizado, que es, además, el más socorrido, cuando los que cuentan historias de la Historia, necesitan de una anécdota o chascarrillo. Entre ellos podemos encontrar plumas como Juan Eslava Galán, Juan Manuel González Cremona o Carlos Fisas, a quien seguimos en este episodio.

La ciencia moderna explica la desgracia física y mental del soberano como producto lógico de la feroz endogamia que practicaron los Austrias; sin embargo, el pueblo llano de Madrid, siempre con el gatillo de la sorna preparado, atribuye las carencias del rey a motivos más cercanos a las mentes científicamente menos preparadas. Nació Carlos II en el año 1661, cuando su padre contaba 56 años, edad elevada para la época y para la vida que se había raspado el augusto papá. El propio Felipe IV relataba que su hijo fue engendrado “en la última cópula lograda con la reina”; la poca fortaleza de los espermatozoides reales contribuyeron a crear un cuerpo decrépito. Así lo veía el pueblo:

El príncipe al parecer

por lo endeble y patiblando

es hijo de contrabando

pues no se puede tener.

Si sumamos a la edad, las correrías de Felipe IV, huésped nocturno de conventos y lupanares y reo de disparar sobre cualquier conejo de Madrid o alrededores, habremos de estar de acuerdo con la frase que pronunció uno de los médicos que cuidaron de la salud del príncipe encanijado: “Es que su majestad ha dejado para la reina sólo las escurriduras”.

Sea cual fuese la razón, el Hechizado se mamó la leche de media España, obtenida de una docena de nodrizas durante sus primeros 4 años, edad a la que subió al trono, le retiraron la teta y aprendió a andar. Mariana de Austria, su madre, se hizo cargo de la regencia hasta que el príncipe cumplió 14 años. Durante ese periodo, Carlos II se especializó en capar gatos, signo evidente de que ya le atraía la cuestión hormonal. Siempre vigilante de Mariana y sus validos, Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV, cuidaba que no se desmadrase el gobierno de la nación; y de que el joven rey se lavase de vez en cuando y se arreglase el pelo. Se dice que, en una ocasión, al verlo con una cabellera larga y aceitosa, le espetó:

-"Lástima es, señor, que ese hermoso pelo no se cuide mucho de él"

A lo que el rey dio réplica:

-"Hasta los piojos no están seguros de don Juan"

La misión de un rey no estriba sólo en gobernar a sus súbditos, sino en dar al pueblo un heredero que continúe su obra. Así, el Consejo del Reino creyó oportuno que nuestro Carlos II contrajese matrimonio y propuso a María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV de Francia, como candidata y la boda no se hizo esperar; mucho menos después de que el rey viese un lienzo con su rostro y quedase prendado de ella. Pero pasaba el tiempo y el heredero no llegaba. Los madrileños empezaron con sus chanzas: “Tres vírgenes hay en Madrid: la Almudena, la de Atocha y la reina nuestra señora”.

Una mañana, don Carlos se levantó contento y alardeó, delante de la corte, de haber consumado su matrimonio. La noticia corrió como la pólvora y, cuando meses después la reina no paría, el pueblo volvió a entonar sus cánticos:

Parid, bella flor de lis

que en aflicción tan extraña,

si parís, parís a España,

si no parís, a Paris.

Ni por esas; la reina no parió. Lo que sí hizo fue pillar unas cagarrinas que la llevaron directamente al Panteón de Infantes de El Escorial.

España no podía quedar sin sucesor y ser el juguete preferido de la rapiña de la nobleza europea. Rápidamente presentaron nuevas candidatas: Mariana de Médicis y Mariana de Neoburgo. Ante los retratos de ambas, Carlos II tomó su firme decisión:

-“La de toscana no es muy fea y la de Neoburgo tampoco parece que lo sea”.

Dicho lo cual, miró el retrato de María Luisa y suspiró. El Consejo se decantó por la de Neoburgo, seguramente por ser hija de una coneja con 23 ó 24 gazapillos. Pero la fortaleza fálica de su majestad no había mejorado con el tiempo; tampoco su propensión al continuo gatillazo. La corte empezó a preocuparse por la falta de heredero y Carlos, desanimado, se alejó del catre de Doña Mariana. La reina vio que su posición política se debilitaba y anunció su embarazo; lástima que poco después tuviera que admitir que había abortado; pero consiguió que el soberano volviera a su lecho. Hasta en 11 ocasiones (en 10 años) recurrió Mariana de Neoburgo a fingir un embarazo; hasta en 11 ocasiones ”abortó”. Se cuenta que, cuando iba por su tercer aborto, el rey se quejó de la desgracia que lo aquejaba; uno de los gentilhombres se atrevió a contestar:

-“¡Majestad! Eso ya no se lo cree nadie”.

Que la gente que lo rodeaba asumiera su incapacidad para tener descendencia afligía sobremanera al rey, el cual, a decir de mi profesor de historia en Preuniversitario, llegó a creer que estaba embarazado.

La autopsia de Carlos II (cuando acabó de morirse, claro) reveló que el monarca tenía un único testículo y éste estaba atrofiado.

Quizá la anécdota más divertida, porque poco tiene que ver con la esmirriada salud del rey ni con su incapacidad procreadora, sea la que cuenta Sánchez Dragó sobre la forma de aplicar justicia en la corte. Dada la dificultad de Don Carlos para lograr una erección y mucho menos mantenerla, hacía que su esposa (Dragó no especifica cuál de las dos) circulase por el palacio a calzón quitado, o sea, sin bragas, no fuera a ser que el monarca echara a perder un poco presumible empalme por topar con un “coñote enmascarado”. Cierto día que paseaba por los jardines de palacio en compañía de alguno de sus gentilhombres, apareció la reina montando uno de los caballos de la cuadra del rey. Fuese porque el caballo se espantó, fuese porque la soberana quiso marcarse una floritura, la reina fue a dar con sus huesos en el suelo con tan mala fortuna que le quedó un pie enganchado en el estribo. Cuando los gentilhombres del rey pudieron detener al animal, las faldas de la amazona le subían hasta el moño dejando al descubierto sus vergüenzas. Miren ustedes por donde, la contemplación del conejo real estaba penado con la muerte y los gentilhombres abandonaron el palacio a uña de caballo, no fuéramos a leches. El Consejo del Reino, tras intensas deliberaciones, declaró inocentes a los nobles e hizo caer todas las culpas sobre el noble (bruto), que fue colgado del cuello hasta morir y su cadáver expuesto para aviso de ojeadores.

La realidad es que las cosas no han cambiado mucho en trescientos años: la justicia puede tener dudas en deducir a quien le corresponde el papel del rey, de la reina o de los nobles, pero en ningún momento dudará en señalar a quien representa el caballo.

quiosqueroAntonio Linares (Quiosquero) Barcelona

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
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