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Las recetas de Super Waiter

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De mis primeras visitas a Granada apenas tengo recuerdos, excepción hecha de la calle Ganivet, que era donde tenía la consulta mi pediatra, D. Antonio Galdón.

Aquello era para mí como Auschwitz; los arcos de la calle me parecían las alambradas del campo y el guardia que cubría la esquina de Reyes Católicos, el SS Hihoputtenführer que me impedía salir de allí hasta no haber recibido mi dosis de tortura matutina en el laboratorio del Dr. Mengele, donde cada día me electrocutaban las piernas con un chisme que a mí me parecía la mano de un almirez.

El resto son flashes: la jaca del fotógrafo de la Plaza Bib-rambla, la castañera de la esquina de enfrente, el aguador, la puerta que daba vueltas y servía de entrada a Correos y a la Caja Postal…

Mi madre no era mujer de escaparates y al salir de la consulta se pasaba (nos pasábamos) por el Clínico y el Sanatorio de la Salud a visitar a los paisanos que allí estaban internados. Luego, era cuestión de matar el tiempo hasta que llegara la noche, y el lugar que más barato nos salía era la Placeta de la Trinidad.

Nos alojábamos en la “Posá la’Spada”, en la misma plaza, casi esquina con Buensuceso. Realmente la “Posá la’Spada” había sido una posada de verdad. Una puerta amplia daba acceso a un patio cubierto, otrora aparcamiento de carros, que ahora servía para estacionar los taxis pirata que venían de los pueblos de la provincia. Los pesebres para las bestias se habían convertido en retretes, y el espacio sobrante en lugar de cambio de aceites y limpieza de bujías. Las plantas superiores estaban reservadas para alojamiento de viajeros. Y era allí donde Carmela, la señora encargada de la limpieza, me amenazaba con atarme la gurrina con una guita si me meaba en la cama.

En la plaza había dos quioscos. El más alejado de la posada, hacia la calle Mesones, vendía juguetes; coches de Rico con el conductor recortado en la lata de la puerta, motos, también de Rico, que eran dos medias motos/motorista enganchadas entre sí, unas cuantas muñecas y muchos mini-muebles de madera; me gustaba mirarlos a sabiendas que yo jamás podría permitirme el lujo de tener uno. El otro quiosco estaba junto a los raíles del tranvía y allí se podía tomar un vaso de leche caliente y unos bollillos de chocolate que eran una delicia; bueno, dieciséis o diecisiete años después los encontré en un barecillo de la calle Elvira y no pude resistir la tentación de probar uno: creo que estaban cubiertos del peor chocolate que he comido en mi vida.

No recuerdo que en ninguno de los dos quioscos vendiesen periódicos, pero, a los dos años, yo no sabía qué era un periódico. Sí recuerdo que eran de obra, cuadrados, pintados de beige y con persianas a los cuatro vientos. Me intrigaba cómo entraba el quiosquero, porque, por mucho que me fijase, no vi nunca dónde estaba la puerta; sentía cierta preocupación al pensar que el pobre hombre dependía de que alguien le trajese la comida.

Muchos años después me procuré un quiosco con puerta; en el peor de los casos podría bajar la persiana e irme a comer a casa. ¡Vana ilusión! Los quioscos (de calle) actuales están pensados para que el público tenga un punto de información durante 12 ó 14 horas diarias; el resto es problema del quiosquero. Eso no lo sabía al principio, cuando aún pensaba que había abierto un negocio. Incluso, dos veces en semana, Dalr venía a hacerme un relevo y yo podía comer sentado.

Lo habitual era que, de alguno de los bares de los alrededores, me trajesen un bocadillo. Había pensado en la fiambrera y un microondas, pero decidí que era mejor dedicar el espacio a poner un ordenador; así que me apunté al lomo con queso. Los martes y jueves iba a que me diese de comer Superwaiter. Allí compartía mesa (a veces) con un antiguo ministro y actual presentador de un veterano programa de televisión, que decía que el Super cocinaba los mejores garbanzos de Barcelona; lo que puedo asegurar es que es el único comedero que conozco donde los jueves no hay paella, pero Superwaiter sabe que me va el arroz y, cuanto tenía, me reservaba un plato. El restaurante tiene tres mesas, justitas para uso individual, pero que, con buena voluntad, pueden acoger a seis o siete comensales; el día a que me refiero, estaban ocupadas y hube de hacerme un hueco en la barra a la altura del plato de arroz.

-Quiosquero, te he guardado un plato de paella; oye, el arroz está negro porque lleva alcachofas.

Como cualquier hijo de vecino, tengo mis manías a la hora de comer y, una de ellas, es separar el arroz del resto, ya sea carne, marisco o… alcachofas; cuando hundo el tenedor en el arroz me gusta encontrar el camino expedito: así que empecé a separar los trocitos de carne y las alcachofas.

-Oye, que el color negro se lo dan las alcachofas.

Seguí con la operación sin hacer caso a lo que me decía.

-Si te da asco te lo cambio por otra cosa…

-Que no, Super, que no; que ya sé que son alcachofas en su tinta.

quiosqueroAntonio Linares (Quiosquero) Barcelona - DESDE MI RETIRO

 

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
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