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Oráculo

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ShelleyHace algún tiempo (y en el espacio del foro de El Vendedor de Prensa) se cruzaron algunas opiniones interesantes sobre la figura del quiosco actual: se trataba, creo, de compilar una especie de recetario acerca de cuáles eran las respuestas o los argumentos más adecuados para compensar y superar la depresión de las ventas, complementando (y acaso sustituyendo) unos productos por otros. Sospecho que el problema es de naturalidad: esa maniobra, ejecutada desde la definición o desde la perspectiva de un quiosco, es difícilmente realizable.

Las razones son varias, pero casi todas convergen en un coste de oportunidad: la vida acostumbra a suministrarnos ejemplos suficientes en los que, para obtener "algo" (un bien, o un servicio, o incluso una querencia o un afecto) debemos privarnos de otro "algo". No entraré a examinar los engranajes de la teoría de Wieser, que fue quien la acuñó, porque superaría la hospitalidad y la común paciencia de cualquier lector: basta decir que se multiplica y ramifica en varios cursos de facultad y que puede ser usada como un instrumento de la tortura con sus ecuaciones, externalidades o sofismas. Esta columna pretende dibujar, de un modo mucho más sencillo, una geometría más serena.

Si pudiéramos sustantivar nuestro siglo en una única palabra, o en una palabra determinante, ésta sería la "Aceleración", incluso como estado mental compartido: no en vano alumbra la paradoja del timing, donde resulta que las cosas son para un momento adecuado, no antes, ni tampoco después. El cálculo debe ser apurado, exacto, porque cuando no lo es se producen esos comportamientos migratorios de las audiencias mediáticas, que parecen buscar nuevas experiencias en cualquier parte, de un modo muy personal pero que a la vez pueda ser asociable y participar así de la cadena de valor. No es ningún jeroglífico. Observemos el escenario de la prensa escrita y de las revistas: es un mercado que se ha ido reformulando -y siempre partiendo desde esa premisa "tiempo 0/espacio 0"- en sus diseños e incluso en sus contenidos, ahorrando papel en las bobinas, o haciéndose más pequeño y manejable, o alterando el color de las tintas, o llanamente persiguiendo la voluntad de ser "otra cosa", que en un ejercicio de mimetismo nos descubre al camaleón digital.

El problema de querer cambiar es que las estructuras pueden ser débiles, muy débiles, y que el momento no ha sido (ni es) oportuno. Ese impasse ha frustrado muchas iniciativas, porque o se anticipaban al modelo que todavía estaba por definir o porque llegaban tarde y como un naufragio de espejos, donde los cristales rotos continuaban reflejando una estrategia ya inventada, repetida, probada en una sala conocida pero no en un espacio nuevo y casi ciego, mostrando todavía los pedazos de su armazón original y delatándose en su condición de simples vestigios.

Un quiosco no es ajeno a esos movimientos subterráneos, y mucho menos a los que acontecen en la mañana más clara. Si existe una pugna por valor y precio hacia el coste marginal, la gratuidad y casi la eliminación de lo puramente monetario, el quiosco (en su representación más visible o más llamativa del juego) no puede sustraerse a ese conflicto de plataformas que buscan absorber fragmentos. Porque eso es lo que ha quedado: un sistema de edificios o de arquitecturas derribadas donde cada piedra tiene asignado un valor concreto. Su disputa es feroz, a la manera de las antiguas guerras, y sus tácticas no obedecen al arreglo equilibrado de cualquier manual o del arte del Sun Tzu, sino a su constante apología del caos, del desconcierto: a la manera del jugador de billar, no es conveniente analizar la carambola que logrará "ahora", sino que tendrá que intuir y apostar por la próxima, por la que todavía es imaginaria y no ha sucedido en el paño. Si es hábil en la anticipación, si es capaz de interpretar el lenguaje de las bolas no como un código inamovible y sí como un esquema de nuevas relaciones y de encuentros, hará muchas y superará a su oponente, que sólo estaba desafiando un reto puntual, un momento.

La gran tragedia de los editores tiene su perfecto reflejo en el quiosquero: eludió durante mucho tiempo la posibilidad de que la partida incorporara nuevas piezas e incluso mecanismos rivales, postergó su acción o su respuesta en el concepto equivocado de lo accidental o de la falsa experiencia y optó por refugiarse en otra autoridad, cuando no en la vindicación de su cuota de tiempo e incluso en el de sus privilegios.

No me incomodan los registros más planos: digo sin apuro que la determinación del editor de efectuar su tránsito a la red es y ha sido tardía y deficiente. En un paisaje en el que todo el mundo puede participar de todo o tiene algo importante que decir o sueña el sueño de Leonardo da Vinci su adaptación es como un invitado desmemoriado que llega en mitad de un baile, cuando ya se han servido las copas y los canapés e incluso hay una reina de la fiesta. Un rey de su especie debería haber comprendido que demasiada información mata a la información, pero que la información de palimpsesto, borrada y vuelta a escribir de forma imitativa, idéntica, acaba desprestigiándola por completo. Es como preguntar si queremos el café en vaso o en taza cuando nos han pedido otra cosa completamente distinta: Un zumo, un vodka, una soda cualquiera: al final el cliente acaba agotado (cuando no ofendido) y se marcha a otro establecimiento donde puede encontrar esa apetencia y compartirla y combinarla con otros clientes.

Es también preocupante -cuando no trampa de ave crepuscular, vigilando que otros animales no le despojen de su miserable sustento- que haya ideado una retribución por los posos de ese café, bajo el pretexto de la profundidad y de la calidad de esos restos. Sigue siendo café, señor Murdoch: por eso se habla de supuesta impunidad y de ladrones invisibles. ¿De veras alguien cree que pasará por rico gritando que le han robado? Ignorar -o pretender ignorar- que nuestro siglo ha inaugurado un nuevo humanismo, donde ya se han trazado nuevos mapas de la realidad y visiones de conjunto que organizan lo más relevante de la información almacenada y de la cultura en cosmovisiones muy jóvenes y acaso provisionales, pero llenas de coherencia, es un suicidio por obsolescencia. Ese humanismo no entiende de arrogancias y nos propone una cura de modestia: la industria de la información ya no es el centro y la referencia de las cosas que pasan, porque lo que pasa puede ser conocido, narrado y transmitido de forma poliédrica.

La encrucijada del quiosquero se redimensiona en una escala menor, pero no por ello menos lastimosa: casi rebajados a canal de venta de saldos, cautivos en varias celdas a la vez y agotando un tiempo que ni siquiera les pertenece, obran como autómatas. Tampoco haré economía de munición: cuando los primeros signos de flaqueza de la venta convencional empezaron a manifestarse era el momento de buscar alternativas, de ensayar sin prejuicios y sin miedos pequeñas o medianas ideas, no la de pedir asilo en asociaciones o maquinar sobreprecios o provocar huelgas; puedo disculpar al hombre tranquilo que recibe un balazo inesperado, pero no perdono a quienes permiten los fusilamientos.

El timing de una asociación ha durado décadas, sin que se haya producido el menor signo de mejoría. No digo ya de renacimientos: cuando un conjunto de personas se complotan en virtud de un plan para defender unos intereses presuntamente comunes se les regala la oportunidad y acaso el mérito. Cuando fracasan sistemáticamente y de una forma constante en sus postulados deben ser suprimidos y relevados. Y si no pueden ser relevados, se les borra igualmente del escenario: permitir y sufragar una farsa que dura más tres décadas es una de las formas del aniquilamiento. Si algún lector se siente huérfano de valedores que lea a Rostand: ser adulto significa estar solo. Si un negocio precisa del auxilio continuado de ideas prestadas acaba por ser el negocio de otro. Y si esta interpretación sin el concurso de dioses acaba por desbaratarse es que, definitivamente, los milagros pueden ser ciertos.

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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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