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Cambiad, cambiad, malditos

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Cambiad, cambiad, malditos
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ShelleyHay un lema entre los redactores virtuales que se llama digital storytelling: viene a preconizar un lenguaje dinámico, coloquial, que demanda un espacio mínimo (y por tanto, de economía de palabras) y que impacta de un modo más eficaz en el lector, respetando así tanto su atención como su tiempo. Es como un anunción de neón elaborado con el signo de nuestro tiempo: pocos mensajes pero breves y exactos, un discurso o un sistema de discursos que no renuncian a la elegancia pese a su voluntad de envolver con recursos modestos, un atajo frente a la sobrecarga de información y a su velocidad mareante. Un layout o formato, en definitiva, que tiene su correspondencia exacta en el papel: el magazine.

Éste suele ser el complemento de las ediciones de fin de semana de casi todas las cabeceras: en él encontramos atractivos como la manejabilidad, el color, los artículos y opiniones, las noticias más relevantes, las entrevistas, los reportajes, o incluso un paquete de pasatiempos y de conexiones con otros medios, como la radio, la televisión o el entramado digital. Y publicidad. Mucha publicidad entre unas ochenta páginas es, en mi modesta opinión, poca publicidad...O una publicidad de cuota ligera si se compara con la que diariamente invade los periódicos.

El lector de prensa lanzó hace tiempo un triple mensaje. O ha pasado desapercibido para el editor o ha sido misteriosamente ignorado, aunque los puntos de venta no olvidan tan fácilmente ese desagrado popular: nuestro contacto con él ofrece mayor fiabilidad que cualquiera de sus estudios de mercado o encuestas. Digámoslo de otra manera: quienes fabrican esta clase de producto como son los periódicos no suelen mancharse con él, o arrugarlo, o perderlo. O pagarlo.

Y parece ser que en esa transacción la incomodidad general pasa por la sospecha de que el mundo sólo ocurren hechos infelices (circunstancia no enteramente imputable a su transmisor, aunque es quien las capta y recopila y selecciona) que además esas noticias son poco creíbles o cuando menos una neta patraña y que, por último, ya poca gente tiene tiempo y dinero para coleccionar tristezas que además pecan de inverosímiles.

El desplome del medio impreso es mucho más acusado en los días laborables y suele recuperar algo del terreno perdido los sábados y los domingos, cuando el descanso general y la disponibilidad de un mayor minutaje pueden permitirse el lujo de traficar con un descrédito que vale más de dos euros.

Sinceramente yo aprovecharía esa brecha, ese armisticio entre lector agotado y artículo exprimido de cinco días de desastres sistemáticos. Y se me ocurriría hacerlo desde la radicalidad: id est, revolucionando por completo el formato del tabloide actual hasta hacerlo coincidir con el de una revista ilustrada: no basta con reducir el tamaño de una bobina o suprimir grapas o jugar con las distintas tipografías. Se precisa un producto exclusivo, algo único, una imagen valiosa en estos tiempos de descomposición general, no una réplica del naufragio del Washington Post.

El digital storytelling del que hablé al principio podría valer para la crónica de cada día y tendría un apoyo y una correspondencia importante en la red: precisamente por sus características (su valor sería siempre menor que el de su precio) no debería abusar de elefantismo, o del engrose artificial de su cifra de páginas. Más no significa necesariamente mejor: abusar -o no abusar- de la oportunidad de una noticia, o de su impacto o proximidad, o de su controversia o prominencia debería ser la línea divisoria que delimitara el material que es susceptible de ser asimilado como breaking news (lo que ocurre o lo que está ocurriendo ahora) o como reportaje, ya en el material "duro" de fin de semana.

Yo confiaría a ese trabajo esencial de sábados y domingos la riqueza y la profundidad que no son tan demandadas de lunes a viernes: ese modelo -ya más extenso y cualitativamente sobresaliente, pero sin caer en la actual megalomanía- debería estar encomendado a los profesionales más solventes: no admito que se haga mal periodismo durante cinco días y una exposición magnífica en sólo dos, no hablo de inaugurar una frontera imposible entre una redacción de lujo y otra más ligera o menos apta. Digo que se reserven y exploten los mejores potenciales para esa pieza, que debería ser la insignia de cualquier editor: sostenida por una publicidad responsable e inteligente (puesto que la publicidad siempre necesita su espacio) ese buque no debe, o no debería tener, su espejo en la red, salvo como muestreo muy sumarial de su origen, porque entonces perdería su condición de privativo y de especial.

Su gran ventaja, además de su calidad o de su profundidad, sería la calma, la capacidad de ser reactivo en cualquier momento del proceso informativo (un evento extraordinario, unos resultados deportivos, un sorteo) porque no necesitaría competir visual o conceptualmente con la radio, la televisión o la red: al ser el resultado de una alimentación continua con éstas, su visión habría tamizado todo su contenido a la par que sus ediciones precedentes ya habrían depurado y definido la provisión de noticias. El lujo no es un resumen (ser reitarativo o competir contra la propia cabecera) ni un proceso de descartes (renuncia al público joven o al femenino) ni una selección arbitraria: si hemos ahorrado papel y eliminado costes y aliviado la distribución tampoco tentemos al lector con el precio. No es una casualidad que la carga "liviana" del digital storytelling deba ser abaratada, ni tampoco fruto del azar que esa labor cuyo encuentro especial sucediera dominicalmente fuera algo más onerosa: creo sinceramente que el propio sistema de nutrición entre una y otra fuente equilibraría el producto editorial hasta hacerlo justo.

Es obvio que esta propuesta no puede ser considerada para hoy, o para mañana: en el decurso de unos años se comprobará que la renuncia al papel puede no ser tan definitiva si se emplean las fórmulas adecuadas para relevar al lector castigado con la misma dieta o incorporando desde una invitación mucho más imaginativa a los lectores potenciales que ahora mismo circulan por la red o que prefieren otra clase de ofertas. Al igual que en el film de Sydney Pollack que estas líneas han buscado parafrasear, el premio final no sólo sería estrictamente monetario: casi en el mismo contexto de depresiones y de claustrofobias, la desolación general bien pudiera no acabar en esas angustias tan generales y en un suicidio colectivo, sino en aquella encrucijada donde la tinta y la luz hallan su coincidencia más perfecta.

 



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EUROmodul stand TRANSFORMER 7 Abril 2013 Video Portada
EUROmodul stand TRANSFORMER
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