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Matriuskas

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La madera torneada resultaba cálida entre sus manos. A solas, en la intimidad de su taller, disfrutaba de aquel tacto pulido y sinuoso, emocionado por su creación.

A un lado buriles, virutas y cubiletes con esmaltes brillantes daban fe de un trabajo intenso y de una elaboración paciente dando forma a la pequeña figurita.

Ahora la miraba revisando cualquier desperfecto inadvertido durante el proceso y tras la inspección eran muchos los detalles en los que fijarse y que la hacían imperfecta. Aunque, a primera vista, el resultado era correcto.

Con suavidad desencajó las dos partes de la pieza, separándolas y del interior de la figura, mágicamente, apareció un clon de menor tamaño, que también revisó con detenimiento.

Tampoco esta era perfecta, distintas taras, otros detalles poco precisos y otros errores cometidos durante el modelado y que solo el ebanista podía ver. Aún así, la reconoció bella, hasta emocionarlo.

Igual que si destapara el estuche de una joya, separó las dos mitades de la muñeca y una nueva matriuska, más menguada esperaba ser contemplada por el maestro ebanista. Lista para pasar revista.

El artesano, absorto como estaba en su modelo, no se daba cuenta de que sus pensamientos se alejaban y con cada muñeca que posaba sobre la mesa, se ensimismaba un poco más, rescatando recuerdos de días vividos.

Las figuritas, siendo una sola cosa, eran distintas unas de otras y absolutamente irrelevantes si no encajaban con mediana perfección.

Cada linda muñequita escondía una década de la vida del carpintero. Cinco figuras diferentes y al mismo tiempo idénticas. Una dentro de la otra, dando alma a la siguiente.

Aquel objeto inanimado era la herramienta perfecta que reflejaba los pasos dados en su vida:

Del uno al diez, los primeros años de desconcierto y adaptación.

Del diez al veinte, tanto arrojo, tanta prisa por vivir...

Del veinte al treinta, tiempo en que la realidad golpea y muestra su verdadera cara.

De la treintena a los cuarenta, donde crees tener el control y los proyectos toman forma.

Y de los cuarenta a los cincuenta donde te das cuenta de que en realidad, las anteriores matriuskas, nunca aprendieron nada y todo sigue resultando sorprendente.

Mañana colocaría un tocón de madera en el torno, de un calibre mayor al de la última figura, y empezaría con su modelado. Si la suerte le acompañaba, al final del proceso, todas las muñecas anteriores, encajarían en el interior del nuevo recipiente.

Aunque sería parecida a las otras no conocería sus imperfecciones hasta que la última pincelada de barniz la hiciera rutilar bajo la luz en su estudio.

El maestro se sentía igual que una caja llena de cajas; cofres que contenían tesoros y esqueletos que en algunos momentos pesaban como el plomo y que en otros solo aportaban viento y luz, mareas y risas. Él, como las matriuskas llenaba su alma con su propia alma, era recio por dentro y pulido y delicado por fuera. Su propio principio. Su propio fin.

Hay noches, tiempos de reflexión, en que la vida nos devuelve la mirada y con una desfachatez insultante nos increpa a viva voz.

-¡Eh! Pazguato *, ¿Sabes quién eres?

La muñeca debería contestar

-¡Por supuesto! ¡Estoy llena de mí!

Septiembre 2010

*Pazguato: Simple, que se pasma de lo que ve u oye.

opinion2Miquel Farriol (Món de Grafit)

LA GÁRGOLA IMPASIBLE desde Terrasa

 

 

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